Stang, S. Los jóvenes, más vulnerables
en el mercado laboral. Los más afectados por el desempleo son
quienes tienen hasta 29 años. La Nación. Buenos Aires,
14 de Octubre de 2007.
El inicio de algo nuevo en la vida de las personas suele
identificarse con la vivencia de una esperanza, con el entusiasmo por
hacer bien lo que a uno le toque, y con las expectativas de que todo
marche por los carriles adecuados. Es como cuando uno es chico, va a
la escuela e inaugura cuaderno, prestando especial atención a
la prolijidad desde los primeros renglones.
En el inicio de la relación de quienes dejan atrás la
adolescencia con el mundo laboral parecen estar muchas veces ausentes
esos rasgos de un buen comienzo. Los jóvenes son quienes más
sufren dificultades para su inserción en un trabajo y cuando
logran ese objetivo, están más expuestos que los adultos
a ocupar espacios que no ofrecen estabilidad ni cuentan con la protección
que, en materia de seguridad social, debe tener un trabajador.
Los últimos datos oficiales, correspondientes al segundo trimestre
de este año, no hacen más que confirmar esa realidad de
vieja data. El desempleo afecta al 8,5% de la población activa.
Pero entre las mujeres de entre 14 y 29 años, la tasa trepa al
18,9% y, entre los varones de esa edad, al 13,5 por ciento. Si se considera
a la población adulta (de 30 a 64 años), los índices
son del 7,1 y del 3,5%, según se trate de ellas o de ellos. En
otras palabras: el nivel de desocupación entre jóvenes
es casi tres veces el de los adultos en el caso de la población
femenina, y de casi cuatro veces si se trata de los varones.
No es algo exclusivo de la realidad social de nuestro país.
Un reciente informe de la Organización Internacional del Trabajo
(OIT) señala que la tasa de desempleo juvenil en toda América
latina triplica, en promedio, la del segmento de población mayor.
Una de las causas de la problemática parece enraizada en situaciones
de pobreza, que determinan una salida temprana de los jóvenes
del sistema educativo para intentar procurarse una fuente de ingresos.
El citado informe pone también la lupa sobre la generalizada
mayor tasa de desempleo entre las jóvenes mujeres, recordando
la frecuencia con que sufren discriminación por el concepto de
que si se casan y tienen hijos serán menos productivas, o dejarán
de trabajar.
En la Argentina, la incidencia del trabajo sin protección social
está cerca de ser el doble entre los jóvenes que entre
los mayores de 25 años. Tal vez por esa realidad, aunque seguramente
también influye una nueva manera de entender la vida laboral,
existe entre los jóvenes una mayor tasa de rotación entre
ocupaciones. Eso podría explicar en cierta medida el origen de
que se registre una mayor desocupación: tal vez para algunos
el problema no sea tanto conseguir el primer trabajo como mantenerse
en un puesto sin sufrir intermitencias.
El reto social frente a la realidad escondida en las cifras implica
la necesidad de una fuerte acción en materia de educación
y capacitación para el empleo dependiente o autogenerado, más
allá de tender a que el crecimiento de la economía tenga
su efecto en una reducción del número de hogares pobres.
Y las políticas específicas para el segmento joven tampoco
pueden dejar de lado que, en mayor o menor medida, la falta de trabajo
afecta a muchos. Por lo tanto, lo que no debería ocurrir es que
se promueva la inserción laboral de unos de manera tal que, en
la práctica, eso no implique más que sustituir a otros
en puestos existentes.
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