En primer lugar deseo expresar mis sinceros agradecimientos
por la invitación que me formularon y mis felicitaciones por la
realización de esta reunión técnica sobre los trabajadores y la
formación profesional en América Latina.
Saludo entonces con efusividad a Cinterfor/OIT,
a las Centrales Sindicales Brasileñas, Confederación General de
Trabajadores, Fuerza Sindical, Central Unitaria de Trabajadores
y al proyecto de fortalecimiento sindical para el diálogo social,
OIT - ACTRAV - AECI.
También quiero significar que algunas de las
consideraciones a plantear, son producto de la Conferencia Continental
de Educación CIOSL- ORIT, llevada a cabo entre el 20 y 22 de marzo
de este año, en Costa Rica, que reflejan la preocupación de esta
organización continental por el tema de la articulación de la
formación profesional con la educación regular.
En el marco de esta reunión técnica, me ha correspondido
abordar el tema "Los vínculos entre la Formación
Profesional y los Sistemas de Educación Regular",
asunto este de enorme importancia, máxime cuando debemos impulsar
un sistema nacional de formación, que articule la formación profesional
y la educación formal, hoy desconectada la una de la otra.
Ahora traigo a mi memoria, el panel que también
Cinterfor/OIT llevó a cabo en Montevideo, Uruguay del 7 al 10
de abril de 1999 sobre "Formación y trabajo en la sociedad
del conocimiento", que evidencia el interés de Cinterfor/OIT
por esta materia y la contribución positiva que han hecho, tanto
Pedro Daniel Weinberg como Fernando Casanova.
Dramática se
torna la situación educativa
En aquella oportunidad les recordaba que en abril
de 1998 fue divulgado simultáneamente en todo el continente, el
informe de la comisión internacional sobre educación, equidad
y competitividad económica, creada en 1996 por el diálogo interamericano
y la corporación de investigaciones para el desarrollo CINDE,
como parte del programa de promoción de la reforma educativa en
América Latina y el Caribe.
Los resultados fueron sombríos y preocupantes.
Según el comité de expertos que adelantó el estudio, las escuelas
latinoamericanas están en crisis y no educan a los jóvenes de
la región y lo que aún es peor, en lugar de contribuir al proceso
y al de su gente, los están frenando, aumentando la pobreza y
la desigualdad, así como el rendimiento deficiente de la economía.
En materia de gastos en educación, las cifras
son elocuentes. Mientras en países desarrollados invierten US
$ 1211 per capita, en América Latina apenas dedicamos US $ 153,
poco más de la décima parte. Y si miramos el gasto anual por alumno,
la relación es peor. En primaria es sólo el 6 por ciento de lo
que invierten los países desarrollados; en secundaria sube al
7.6 por ciento, y en educación superior, como gran cosa, llegamos
al 14.8 por ciento.
Hubiéramos querido que en los dos años transcurridos
estas cifras se modificaran para bien de nuestros países. Desafortunadamente
debemos decir que la situación educativa se torna dramática. Más
de 880 millones de adultos analfabetos, casi todos de países del
tercer mundo, el 68 por ciento mujeres; 125 millones de niños
entre 6 y 11 años que no asisten nunca a la escuela; 150 millones
que tendrán que abandonarla en los próximos meses.
Federico Mayor Zaragoza, director de la UNESCO
entre 1987 y 1999, no solo aporta estas dramáticas cifras sino
que proporciona un par de reflexiones acerca de ellas. La primera
es que no se trata de un problema económico: con un leve aumento
de la inversión del Producto Interno Bruto en educación - apenas
entre 0,1 y 0,25 por ciento, será posible reducir drásticamente
este ejército de analfabetos. La segunda es que, por desgracia,
no hay voluntad política para hacerlo.
Prueba de ello es el aplazamiento vergonzoso
de lo que debería haber sido el GRAN AÑO DE LA EDUCACION UNIVERSAL.
Hace una década, 155 países acordaron que tal fecha sería el año
2000: nada mejor para empezar el milenio que un gran esfuerzo
por la educación. Pero en 1995, cuando nada se había hecho por
prepararse para el supuesto "año mágico", se convino
aplazar el lanzamiento para el 2015. Ahora se habla del año 2025.
No hay nada más fácil que hacer demagogia con
la educación. A la hora de los discursos, todos son lindos propósitos
que con el paso del tiempo se convierten en agua de borrajas:
la educación tiene menos glamour que muchos proyectos de relumbrón,
que ofrecen suculentos momentos fotográficos para la prensa.
Lo que ha ocurrido con el acuerdo de los 155
países por la educación pasó también con los planes educativos
que, con bombo, platillos y distinguido elenco de personajes garantes,
anunciaron nuestros gobiernos, durante los últimos tiempos.
Han pasado casi dos años y de aquello que se
prometía se ha dado poco o nada. Se ofreció, mentirosamente, que
la cuchilla del ajuste fiscal no iba a tocar a la educación y
éste año, comparado con el anterior, en Colombia por ejemplo,
se redujo el presupuesto en 360 mil millones de pesos.
A comienzos de este mes terminó en Senegal, el
Foro Mundial sobre educación, auspiciado por la ONU y el Banco
Mundial. Durante tres días, 145 países discutieron la importancia
de la educación en el desarrollo y demás capítulos archisabidos
y archidiscutidos pero poco aplicados. En esta ocasión, sin embargo,
apareció un rayo de esperanza en el multitudinario congreso.
No procede propiamente de los gobiernos que acuden
a él, pues son los mismos que han aplazado ya dos veces el lanzamiento
del Gran Año. Esta vez lo que permite pensar en una línea de acción
mínima es la presencia de varios sindicatos y ONG´s, que han celebrado
una reunión previa a la de los delegados oficiales y quieren convertirse
en acicate para que la oratoria de circunstancias se convierta
en hechos.
Ellas nos han recordado que el gasto militar
global se aproxima a 800 mil millones de dólares anuales, muchísimo
más de lo que costaría abrir y sostener escuelas para enseñar
el abecedario a los analfabetos del mundo. También nos han hecho
caer en cuenta de que esos mismos gobiernos cuyos representantes
pronuncian oraciones admirables sobre la educación como antídoto
de la guerra, no tienen reparo en incrementar escandalosamente
sus presupuestos militares: 14 por ciento en América Latina, 26
por ciento en Asia y 45 por ciento en Africa del Norte, entre
1988 y 1997.
Quizás los sindicatos y las ONG´s que acudieron
a Senegal ayuden a vigilar la doble moral de los gobiernos que
tan solícitamente asisten a los foros. Y tan velozmente olvidan
sus acuerdo.
Así las cosas, nuestros países, a lo largo del
siglo XX, no han tenido una política de Estado sobre desarrollo
científico o tecnológico, como tampoco la han tenido sobre educación.
De ventajas heredadas
a ventajas construidas
La consolidación de un nuevo sistema técnico
a lo largo de los últimos 20 años, basado en las tecnologías de
la información y sustentado en cuatro pilares: La robótica, la
telemática, la informática y la electrónica, han modificado radicalmente
la competitividad de las naciones.
Los sectores intensivos en mano de obra se convirtieron
en sectores intensivos en capital y tecnología, las antiguas ramas
industriales basadas en líneas semiautomáticas de producción se
transformaron, gracias al nuevo sistema técnico, en procesos automatizados
de fabricación. El redespliegue industrial no tuvo lugar y, por
el contrario, se dio un proceso de auge industrial en los países
desarrollados.
La competitividad de las naciones pasó de las
ventajas heredadas (situación geográfica, dotación de los recursos
naturales, mano de obra abundante en salarios de subsistencia),
a las ventajas construidas, en las cuales los sistemas de investigación
y desarrollo, y la existencia de una población altamente calificada,
con habilidades para crear, adaptar y desarrollar nuevas tecnologías,
juegan un papel central.
Toda sociedad para ser viable, debe contar con
el dominio de un conjunto amplio de tecnologías que le permitan
acceder a los servicios básicos, (educación y salud), desarrollar
su seguridad alimentaria, construir la infraestructura requerida
(vivienda), capacidades para conducir el sistema productivo y
competencias que le permitan mejorar la gobernabilidad del sistema
político y social.
Dadas las características del nuevo sistema técnico,
el dominio de las tecnologías pasa por programas de investigación
más finos y sistemas más complejos de formación del potencial
humano. Así, por ejemplo, el diseño y construcción de puentes,
tiene que ajustarse a las especificaciones de los vehículos que
se construyen actualmente, responder a las formas de elaboración
que demandan la maquinaria y los equipos actuales de construcción
y contar con nuevos materiales, todo lo cual exige que los trabajadores
involucrados en su diseño y producción tengan formaciones y habilidades
muy diferentes a las requeridas en el pasado para adelantar este
tipo de obras.
En consecuencia, los programas de investigación
y formación (programas curriculares, contenidos, competencias),
de ingenieros, tecnólogos y técnicos, deben ser igualmente diferentes
a los existentes en el pasado, fenómeno que acontece en todos
los campos.
Desafortunadamente, ni cuantitativa ni cualitativamente
(pertinencia y calidad) la educación está formando los cuadros
para conducir el sistema productivo, ni el político o la construcción
de la infraestructura física requerida o la provisión de los servicios
básicos.
Necesitamos articular la formación profesional
con la educación formal en un sistema nacional de formación, para
superar las disfuncionalidades organizativas, técnicas y de orden
jurídico, haciendo que la formación responda globalmente a las
características y demandas del mercado de trabajo y del mercado
productivo, adecuando su oferta en forma diferenciada a distintos
tipos de población y a diferentes conformaciones regionales y
sectoriales.
Requerimos una educación que le permita a sus
egresados plantear y solucionar problemas, conectar diferentes
saberes y darles un sentido.
La educación que tenemos hoy no lo está haciendo.
Es una educación cuyo fundamento está centrado en la enseñanza
de procedimientos para llevar a cabo labores rutinarias, no en
los fundamentos de las disciplinas para crear, plantearse problemas
y buscar alternativas.
Propugnemos por una educación que forme a sus
alumnos, antes que todo como ciudadanos, una educación que le
permita a sus educandos desplegar todas sus potencialidades como
personas, una educación para el trabajo en equipo, una educación
en un pensamiento sistémico para aprehender los fenómenos complejos
y enfrentar los desafíos de un mundo cada vez más intrincado e
incierto.
Aquí vale la pena, de manera autocrítica, decir
que el papel del sindicalismo ha sido mediocre para presentar
un modelo de desarrollo alternativo, porque hemos actuado más
con visión sectorial que nacional.
