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Apéndice
Acerca de los mecanismos de evaluación
La incorporación de mecanismos de evaluación sistemática
en los programas de capacitación laboral -y en los programas sociales
en general- no constituyó una práctica tradicional en América Latina.
Los ejercicios evaluatorios padecían entonces de las dificultades de
realizarse sin contar en muchos casos con la adecuada información, especialmente
al tratarse de evaluaciones ex-post.
La vinculación del financiamiento de los programas
aquí considerados a créditos otorgados por organismos financieros multilaterales
ha implicado algunas exigencias en lo que hace a su diseño. En particular,
esto ha llevado a incorporar la práctica evaluatoria desde la propia
formulación de los proyectos, lo que ha permitido interesantes avances
si lo comparamos con el pasado. Sin embargo, un conjunto de aspectos
dificultan aun el logro de niveles de calidad de las evaluaciones asemejable
a los estándares alcanzados por los países más avanzados en la materia.
Entre las dificultades existentes cabe señalar: déficit
en los sistemas de información estadística de los países; dificultad
para la recolección de información válida y confiable en relación a
las poblaciones de referencia; y el carácter comparativamente reciente
de la aplicación en la región de prácticas de investigación evaluativa.
El último aspecto mencionado, hace que la disponibilidad
de técnicos con una adecuada preparación profesional en materia de evaluación
constituya una dificultad para el logro de mejores resultados. No obstante
lo anterior, cabe señalar el importante aporte que en este terreno ha
significado la cooperación técnica brindada fundamentalmente por parte
de organismos internacionales. En clave prospectiva, la dinamización
del papel de los ámbitos académicos de la región -vía un mayor relacionamiento
de los mismos con los organismos responsables de los programas- es un
camino que, a partir de algunas experiencias ensayadas, abre perspectivas
para interesantes actividades de complementación institucional.
La realidad de la práctica de los programas representa
en buena medida un desafío en términos del diseño de estrategias de
evaluación. Estas deben dar cuenta de la complejidad que conlleva la
adecuada evaluación de estas intervenciones a partir de la multiplicidad
de dimensiones involucradas. La captación de los beneficiarios de los
programas implica un conjunto de instancias, con sus correspondientes
efectos en términos de selección dentro de la población focalizada.
Esto impone dificultades y un conjunto de restricciones en cuanto a
los diseños de evaluación a aplicar, si es que se pretende lograr desentrañar
relaciones causales sólidamente fundadas a partir de la información
procesada.
Los diseños cuasi-experimentales con grupos de control,
padecen serios problemas a efectos de dar cabal cuenta de los impactos
reales de las intervenciones evaluadas. Estos cuestionamientos han sido
largamente abordados en la literatura especializada, y hacen referencia
básicamente a la posible espuriedad de las relaciones causales sugeridas
por los resultados de investigaciones basadas en estas metodologías.
Esta metodología, consistente en la comparación de
una muestra de beneficiarios con otra tomada como grupo de control o
testigo, ha sido generalmente empleada en los programas considerados.
El principal problema enfentado radicó en la forma de definición del
grupo de control, del cual se requiere, para permitir la comparación,
que posea idénticas características socioeconómicas a las del grupo
de beneficiarios. En la práctica este aspecto derivó, efectivamente,
en algunas dificultades tanto metodológicas como operativas. En este
último plano, se ubica la posibilidad de seguimiento de los integrantes
de las muestras, lo que atenta tanto en términos de representatividad
como en lo que refiere a plazos y costos.
Desde el punto de vista metodológico, la dificultad
fundamental estriba en la definición del grupo de control de modo de
asegurar el cumplimiento de las condiciones de "equivalencia"
entre las dos muestras en términos de sexo, edad, nivel de instrucción,
etc. Así, en el caso del Proyecto Joven (Argentina), debió recurrirse
al análisis de diferenciales en la evolución de las tasas entre ambos
grupos para medir el impacto sobre la inserción laboral, dada las marcadas
diferencias que presentaban estos indicadores en la medición inicial.
Finalmente, existe el problema de no poder identificar con precisión
la influencia que en términos de los resultados finales puedan tener
diferencias no controladas de variables de tipo actitudinal.
La posible implementación de diseños de tipo experimental
conlleva -en estos casos- cuestionamientos éticos que impiden su aplicación.
Estos cuestionamientos hacen al hecho de incorporar individuos a los
grupos de control sobre la base de su expresa exclusión de las prestaciones
de los programas. En los casos de experiencias en las cuales la existencia
de reales beneficios de la intervención a evaluar constituye una interrogante
-típicamente el caso de la experimentación pedagógica-, este hecho salva
el cuestionamiento mencionado. Sin embargo, para los casos que estamos
analizando, aspectos como el otorgamiento de becas a los beneficiarios
impiden realizar consideraciones en esos términos.
A la vista de las limitaciones precedentes, resulta
recomendable intentar complementar la información a partir de investigaciones
que, recurriendo a técnicas de investigación cualitativa, busquen aproximarse
a la construcción de "conexiones de sentido" que permitan
contrastar las evidencias derivadas de la información obtenida a través
de relevamientos de base estadística. Por esta vía se enriquecería la
interpretación que las evaluaciones permiten, lo que redundará en un
mejor ajuste de la operativa de los programas. Así, elementos como los
intereses de los jóvenes -parcialmente estudiados en encuestas de satisfacción
con los programas-, sus percepciones en relación con la educación y
su predisposición a recibir formación posterior, podrían ser incorporados
más afinadamente a la planificación de las acciones a desarrollar.
Lo anterior no debe -de ningún modo- ser interpretado como un cuestionamiento
a la necesidad de perfeccionar las evaluaciones actualmente realizadas
en base a metodologías de base cuantitativa. Antes que esto, un valor
adicional de lo planteado estriba en su potencial de retroalimentar
el desarrollo y la reflexión en torno a la aplicación de dichas metodologías.
