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2. Impacto del cambio en el modelo de desarrollo sobre
el mercado laboral y el empleo/desempleo juvenil
El cambio en el modelo de desarrollo ha consistido en pasar de un modelo
proteccionista y de sustitución de importaciones a uno aperturista y
que busca la competitividad internacional a partir de la alta calificación
de su sistema productivo, lo que implica centrarse en tecnología y en
productos de alto valor agregado y disminuir el protagonismo de los
insumos básicos o las materias primas. Este proceso se inició no por
el surgimiento de nuevos conceptos o modelos teóricos sino por la irrupción
de la revolución científico-tecnológica, en particular en los paises
centrales.
El continente latinoamericano, más espectador que protagonista en este
proceso, vivió (y en muchos aspectos lo sigue viviendo) sí un proceso
acelerado de modernización que se expresaba en las altas tasas de urbanización,
el incremento estadístico de la escolaridad y la presencia de más fuentes
de información y de códigos culturales ajenos. La modernización y la
aplicación del nuevo modelo de desarrollo trajeron sin embargo su contenido
negativo: la exclusión. La exclusión es una condición que se expresa
primero, en sentido material, en la pobreza y segundo, en sentido sociocultural,
en la no participación sociopolítica o, desde una óptica general, en
la aún mayor- desintegración del cuerpo social. El quid del asunto
ha estado en que si bien se sabe que la mejor manera de superar la exclusión
es por la educación, la que se imparte a los grupos de facto excluídos
es de mala calidad e incompleta, lo que tiene la inevitable consecuencia
de reproducir y ampliar la segmentación y la exclusión.
En los países de la región, la debilidad de la innovación tecnológica
y la escasez de recursos, sumado a las exigencias de productividad de
ciertos sectores puntuales, han creado un mercado laboral supremamente
difícil para todos y doblemente difícil para los jóvenes. En la región
no obstante la evolución descendente de las tasas de fecundidad-
hay una alta proporción de población joven, lo que implica que cada
año, cada mes, cada día salen al mercado laboral nuevos jóvenes. Al
mismo tiempo en el sistema productivo hay un significativo número de
trabajadores que por diversas razones han podido permanecer activos
y vigentes y que defienden sus trabajos al máximo. También están los
que han perdido sus puestos de trabajo y que buscan afanosamente ser
reinsertados. Si a lo anterior sumamos la cada vez mayor participación
de la mujer en el aparato productivo, es entendible que la perspectiva
de obtener un trabajo para cualquier joven (especialmente si no está
bien capacitado), es sombría.
El nuevo modelo de desarrollo no solo implica una transformación tecnológica
sino también una nueva forma de organizar la empresa y la producción.
Se busca una unidad productiva mucho más ágil, mucho más flexible, mucho
más liviana. Estas características chocan con la visión tradicional
de trabajos para toda la vida, en un solo oficio en una sola empresa.
El mercado laboral tiende a ser muy flexible y fundamentalmente inestable.
Las personas tienen que resolver su problema de subsistencia económica
lo que ha llevado a la proliferación del subempleo y del empleo informal.
Los que no logran resolver su problema, ingresan a las estadísticas
del desempleo. Es preocupante que en América Latina el desempleo sea
tan alto pero lo es más que la tasa de desempleo de los jóvenes sea,
por lo general, el doble o más que la del resto de la población económicamente
activa.
En síntesis el impacto del cambio en el modelo de desarrollo sobre
el mercado laboral y el empleo/desempleo juvenil en América Latina ha
sido muy grave porque a las exigencias propias de este nuevo modelo,
que de por sí implican mayores competencias y menores oportunidades,
se ha sumado las tradicionales debilidades del sistema político, económico
y educativo de estos países. Al actual joven latinoamericano, y especialmente
el poco o mal capacitado, el de estratos socioeconómicos bajos, el de
sectores rurales, el perteneciente a minorías étnicas, no se le está
ofreciendo opciones reales de inserción al mercado laboral ni a la sociedad
en general, lo que tiene consecuencias mas que preocupantes en cuanto
a la equidad y estabilidad social.
El conjunto de factores de la economía y -especialmente- del mercado
de empleo reseñados, presentan una incidencia particular en relación
con la población juvenil.
Las especiales características de la mano de obra juvenil operan en
algunos sentidos específicos: por una parte, incrementando el peso de
empleos en el sector informal, en buena medida deficitarios en términos
de remuneraciones, de baja productividad y estabilidad, carentes de
condiciones de seguridad e higiene; por otra parte, en virtud de la
discriminación salarial asociada a la condición de jóvenes, refuerzan
la presión a la baja de los salarios.
Debe considerarse asimismo el hecho de que los aumentos de las tasas
de desempleo se asocian con factores tanto de la oferta como de la demanda.
En este sentido, a consecuencia del empeoramiento de la situación laboral,
se produce un incremento de la oferta de fuerza laboral como estrategia
de los hogares para compensar las pérdidas de ingreso ocurridas.
En este punto es que puede observarse la tendencia al aumento de la
tasa de participación en los tramos etarios juveniles. La presión que
esto signifique sobre el mercado de empleo estará ponderada por el peso
de los estratos jóvenes en la población total. Independientemente de
esto, la situación ocupacional de los jóvenes y su futuro en el mercado
laboral se ven afectados por la coyuntura de crisis del empleo.
Algunos datos permiten ver claramente la discriminación sufrida por
los jóvenes en relación con su inserción laboral. Considerando las tasas
de desempleo de los jóvenes, se observa que éstas superan en todos los
casos a las del conjunto de la PEA: para 1997 la relación entre desempleo
general y juvenil varía entre 1,3 (Argentina, jóvenes de 15 a 24 años)
y 3,8 (Chile, jóvenes entre 15 y 19 años). Este rango de variación muestra
una problemática que se presenta como una constante a lo largo de la
década. (ver cuadro)
América Latina: Evolución de tasas de desempleo general
y juvenil
Fuente: Elaboración propia a partir de OIT "Panorama laboral '98"
/a Gran Buenos Aires.
/b Nacional urbano.
/c Seis regiones metropolitanas.
/d Nacional.
/e Siete áreas metropolitanas, junio de cada año.
/f Nacional urbano.
/g 41 áreas urbanas.
/h Desempleo juvenil: Región Metropolitana.
/i Asunción.
/j 1990 Lima Metropolitana, 1997 nacional urbano.
/k Montevideo.
/m 1991.
/n 1992.
/o 1996.
/p 1995.
Este fenómeno no es exclusivo de América Latina y el Caribe, ni siquiera
de las economías en desarrollo. También los países industrializados
muestran una importante incidencia del desempleo juvenil. "En algunos
países europeos más del 60% de los jóvenes que han salido de la escuela
secundaria están desempleados. En el largo plazo esto crea una fuerza
laboral que no recibe el entrenamiento que debería estar obteniendo
y una generación de jóvenes sin experiencia laboral. Lo que esto significará
para las habilidades y los hábitos de trabajo en el largo plazo queda
por verse, pero es difícil imaginar un escenario donde el desempleo
persistente entre los jóvenes de dieciocho a veinte años de edad rinda
beneficios positivos. Las expectativas perversas acerca de cómo funciona
el mundo están establecidas y en el largo plazo esas expectativas van
a ser mucho más costosas que el pago del sistema de bienestar social
que ahora mantiene pacíficos a los jóvenes." (Thurow, 1996)
Este especial contexto afecta en cierto modo la "cultura del trabajo"
que se va configurando en quienes se vuelcan al mercado laboral. La
falta de la socialización que brinda el empleo de calidad en una serie
de aspectos -salud ocupacional, remuneraciones, beneficios sociales,
participación sindical, entre otras- contribuyen a formar una imagen
negativa del trabajo y de las expectativas laborales entre los jóvenes
que se ven involucrados en estas circunstancias.
Frente a este panorama, las políticas orientadas a la formación y el
empleo adquieren una condición si no suficiente, absolutamente necesaria.
Ellas deben ser pensadas entonces, en función de un nuevo paradigma
de la política social. El mismo debe ser coherente con nuevas estrategias
de desarrollo capaces de superar problemas tales como el mantenimiento
y sostenibilidad de los equilibrios macroeconómicos básicos, el logro
de altas tasas de crecimiento que abarque a sectores con capacidad de
generación de empleo de buena calidad, la elevación de los niveles de
competitividad y la reducción de los desequilibrios internos en términos
de productividad y salarios entre sectores.
Dentro de las medidas que apuntan a favorecer el logro de superiores
niveles de productividad, un espacio preponderante lo ocupa la inversión
en capital humano. Por otra parte, la elevación de los niveles de calificaciones
de la población constituye la vía para el logro de mayores niveles de
equidad, a través de la elevación de la empleabilidad de las personas.
Esto, en el caso de aquellos que arrastran mayores déficit -entre los
cuales especialmente los jóvenes de sectores de pobreza- es el camino
para alcanzar una creciente igualdad de oportunidades, factor que contribuiría
a la integración social. Sin embargo, en este punto nos encontramos
con un conjunto de dificultades, fundamentalmente relacionadas con la
real eficacia mostrada por las diversas estrategias emprendidas hasta
la fecha.