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Fecha de actualización:
15/10/2008

 

 

Programas de capacitación y empleo de jóvenes en América Latina

 

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2.   Impacto del cambio en el modelo de desarrollo sobre el mercado laboral y el empleo/desempleo juvenil

El cambio en el modelo de desarrollo ha consistido en pasar de un modelo proteccionista y de sustitución de importaciones a uno aperturista y que busca la competitividad internacional a partir de la alta calificación de su sistema productivo, lo que implica centrarse en tecnología y en productos de alto valor agregado y disminuir el protagonismo de los insumos básicos o las materias primas. Este proceso se inició no por el surgimiento de nuevos conceptos o modelos teóricos sino por la irrupción de la revolución científico-tecnológica, en particular en los paises centrales.

El continente latinoamericano, más espectador que protagonista en este proceso, vivió (y en muchos aspectos lo sigue viviendo) sí un proceso acelerado de modernización que se expresaba en las altas tasas de urbanización, el incremento estadístico de la escolaridad y la presencia de más fuentes de información y de códigos culturales ajenos. La modernización y la aplicación del nuevo modelo de desarrollo trajeron sin embargo su contenido negativo: la exclusión. La exclusión es una condición que se expresa primero, en sentido material, en la pobreza y segundo, en sentido sociocultural, en la no participación sociopolítica o, desde una óptica general, en la –aún mayor- desintegración del cuerpo social. El quid del asunto ha estado en que si bien se sabe que la mejor manera de superar la exclusión es por la educación, la que se imparte a los grupos de facto excluídos es de mala calidad e incompleta, lo que tiene la inevitable consecuencia de reproducir y ampliar la segmentación y la exclusión.

En los países de la región, la debilidad de la innovación tecnológica y la escasez de recursos, sumado a las exigencias de productividad de ciertos sectores puntuales, han creado un mercado laboral supremamente difícil para todos y doblemente difícil para los jóvenes. En la región –no obstante la evolución descendente de las tasas de fecundidad- hay una alta proporción de población joven, lo que implica que cada año, cada mes, cada día salen al mercado laboral nuevos jóvenes. Al mismo tiempo en el sistema productivo hay un significativo número de trabajadores que por diversas razones han podido permanecer activos y vigentes y que defienden sus trabajos al máximo. También están los que han perdido sus puestos de trabajo y que buscan afanosamente ser reinsertados. Si a lo anterior sumamos la cada vez mayor participación de la mujer en el aparato productivo, es entendible que la perspectiva de obtener un trabajo para cualquier joven (especialmente si no está bien capacitado), es sombría.

El nuevo modelo de desarrollo no solo implica una transformación tecnológica sino también una nueva forma de organizar la empresa y la producción. Se busca una unidad productiva mucho más ágil, mucho más flexible, mucho más liviana. Estas características chocan con la visión tradicional de trabajos para toda la vida, en un solo oficio en una sola empresa. El mercado laboral tiende a ser muy flexible y fundamentalmente inestable. Las personas tienen que resolver su problema de subsistencia económica lo que ha llevado a la proliferación del subempleo y del empleo informal. Los que no logran resolver su problema, ingresan a las estadísticas del desempleo. Es preocupante que en América Latina el desempleo sea tan alto pero lo es más que la tasa de desempleo de los jóvenes sea, por lo general, el doble o más que la del resto de la población económicamente activa.

En síntesis el impacto del cambio en el modelo de desarrollo sobre el mercado laboral y el empleo/desempleo juvenil en América Latina ha sido muy grave porque a las exigencias propias de este nuevo modelo, que de por sí implican mayores competencias y menores oportunidades, se ha sumado las tradicionales debilidades del sistema político, económico y educativo de estos países. Al actual joven latinoamericano, y especialmente el poco o mal capacitado, el de estratos socioeconómicos bajos, el de sectores rurales, el perteneciente a minorías étnicas, no se le está ofreciendo opciones reales de inserción al mercado laboral ni a la sociedad en general, lo que tiene consecuencias mas que preocupantes en cuanto a la equidad y estabilidad social.

El conjunto de factores de la economía y -especialmente- del mercado de empleo reseñados, presentan una incidencia particular en relación con la población juvenil.

Las especiales características de la mano de obra juvenil operan en algunos sentidos específicos: por una parte, incrementando el peso de empleos en el sector informal, en buena medida deficitarios en términos de remuneraciones, de baja productividad y estabilidad, carentes de condiciones de seguridad e higiene; por otra parte, en virtud de la discriminación salarial asociada a la condición de jóvenes, refuerzan la presión a la baja de los salarios.

Debe considerarse asimismo el hecho de que los aumentos de las tasas de desempleo se asocian con factores tanto de la oferta como de la demanda. En este sentido, a consecuencia del empeoramiento de la situación laboral, se produce un incremento de la oferta de fuerza laboral como estrategia de los hogares para compensar las pérdidas de ingreso ocurridas.

En este punto es que puede observarse la tendencia al aumento de la tasa de participación en los tramos etarios juveniles. La presión que esto signifique sobre el mercado de empleo estará ponderada por el peso de los estratos jóvenes en la población total. Independientemente de esto, la situación ocupacional de los jóvenes y su futuro en el mercado laboral se ven afectados por la coyuntura de crisis del empleo.

Algunos datos permiten ver claramente la discriminación sufrida por los jóvenes en relación con su inserción laboral. Considerando las tasas de desempleo de los jóvenes, se observa que éstas superan en todos los casos a las del conjunto de la PEA: para 1997 la relación entre desempleo general y juvenil varía entre 1,3 (Argentina, jóvenes de 15 a 24 años) y 3,8 (Chile, jóvenes entre 15 y 19 años). Este rango de variación muestra una problemática que se presenta como una constante a lo largo de la década. (ver cuadro)

América Latina: Evolución de tasas de desempleo general y juvenil

 

1990

1997

País

Desempleo

Relación
Juvenil/
General

Desempleo

Relación
Juvenil/
General

Argentina/a

15-19

15-24

7.3

21.7

15.2

3.0

2.1

15.7

39.7

20.7

2.5

1.3

Bolivia/b

10-19

20-29

7.2

13.3

9.5

1.8

1.3

3.6 /p

5.0 /p

5.4 /p

1.4

1.5

Brasil/c

15-17

18-24

4.8 /m

11.6 /m

9.1 /m

2.4

1.9

5.7

14.3

11.4

2.5

2.0

Chile/d

15-19

20-24

7.4

15.9

12.0

2.1

1.6

5.3

19.9

13.6

3.8

2.6

Colombia/e

15-19

20-29

11.0

25.6

15.1

2.3

1.4

13.3

36.4

18.1

2.7

1.4

Costa Rica/f

12-24

4.6

8.5

1.8

5.9

11.4

1.9

Ecuador/f

15-24

6.1

13.5

2.2

9.3

19.4

2.1

El Salvador/f

15-24

9.9

18.6

1.9

7.7 /o

13.1 /o

1.7

Honduras/f

10-24/b

6.9

10.7

1.6

5.2

8.4

1.6

México/g

12-19

20-24

2.8 /n

6.9 /n

4.4 /n

2.5

1.6

3.7

8.4

6.5

2.3

1.8

Panamá/f /h

15-24

20.0 /m

38.8 /m

1.9

15.4

27.3

1.8

Paraguay/i

15-19

20-24

6.6

18.4

14.1

2.8

2.1

6.4

13.7

12.7

2.1

2.0

Perú/j

14-24

8.5

15.4

1.8

8.4

14.6

1.7

Uruguay/k

14-24

9.2

26.6

2.9

11.6

27.2

2.3

Venezuela/f

15-24

11.0

18.0

1.6

11.9

23.1

1.9

Fuente: Elaboración propia a partir de OIT "Panorama laboral '98"

/a Gran Buenos Aires.
/b Nacional urbano.
/c Seis regiones metropolitanas.
/d Nacional.
/e Siete áreas metropolitanas, junio de cada año.
/f Nacional urbano.
/g 41 áreas urbanas.
/h Desempleo juvenil: Región Metropolitana.
/i Asunción.
/j 1990 Lima Metropolitana, 1997 nacional urbano.
/k Montevideo.
/m 1991.
/n 1992.
/o 1996.
/p 1995.

Este fenómeno no es exclusivo de América Latina y el Caribe, ni siquiera de las economías en desarrollo. También los países industrializados muestran una importante incidencia del desempleo juvenil. "En algunos países europeos más del 60% de los jóvenes que han salido de la escuela secundaria están desempleados. En el largo plazo esto crea una fuerza laboral que no recibe el entrenamiento que debería estar obteniendo y una generación de jóvenes sin experiencia laboral. Lo que esto significará para las habilidades y los hábitos de trabajo en el largo plazo queda por verse, pero es difícil imaginar un escenario donde el desempleo persistente entre los jóvenes de dieciocho a veinte años de edad rinda beneficios positivos. Las expectativas perversas acerca de cómo funciona el mundo están establecidas y en el largo plazo esas expectativas van a ser mucho más costosas que el pago del sistema de bienestar social que ahora mantiene pacíficos a los jóvenes." (Thurow, 1996)

Este especial contexto afecta en cierto modo la "cultura del trabajo" que se va configurando en quienes se vuelcan al mercado laboral. La falta de la socialización que brinda el empleo de calidad en una serie de aspectos -salud ocupacional, remuneraciones, beneficios sociales, participación sindical, entre otras- contribuyen a formar una imagen negativa del trabajo y de las expectativas laborales entre los jóvenes que se ven involucrados en estas circunstancias.

Frente a este panorama, las políticas orientadas a la formación y el empleo adquieren una condición si no suficiente, absolutamente necesaria. Ellas deben ser pensadas entonces, en función de un nuevo paradigma de la política social. El mismo debe ser coherente con nuevas estrategias de desarrollo capaces de superar problemas tales como el mantenimiento y sostenibilidad de los equilibrios macroeconómicos básicos, el logro de altas tasas de crecimiento que abarque a sectores con capacidad de generación de empleo de buena calidad, la elevación de los niveles de competitividad y la reducción de los desequilibrios internos en términos de productividad y salarios entre sectores.

Dentro de las medidas que apuntan a favorecer el logro de superiores niveles de productividad, un espacio preponderante lo ocupa la inversión en capital humano. Por otra parte, la elevación de los niveles de calificaciones de la población constituye la vía para el logro de mayores niveles de equidad, a través de la elevación de la empleabilidad de las personas. Esto, en el caso de aquellos que arrastran mayores déficit -entre los cuales especialmente los jóvenes de sectores de pobreza- es el camino para alcanzar una creciente igualdad de oportunidades, factor que contribuiría a la integración social. Sin embargo, en este punto nos encontramos con un conjunto de dificultades, fundamentalmente relacionadas con la real eficacia mostrada por las diversas estrategias emprendidas hasta la fecha.

 

 

 

 

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