2. Las instituciones de formación profesional
asumen el desafío del cambio
Resulta casi natural que un modelo de organización de la formación
como lo fue el de las instituciones nacionales que comenzaron a surgir
en la década de 1940 y continuaron fundándose hasta entrada la década
de 1970, haya permitido visualizar tanto sus aciertos como sus errores,
virtudes y defectos, logros y carencias. Todo ello es posible, en primer
lugar, porque en la actualidad resulta posible observar un desarrollo
histórico que abarca aproximadamente seis décadas. La mirada crítica
se enriquece además, desde dos fuentes: por el surgimiento hacia fines
de los años setenta y comienzos de los ochenta de nuevos enfoques en
materia de organización de la formación profesional y la posterior implementación
de proyectos y políticas amparados en nueva lógica, pero también por
la propia capacidad de autocuestionamiento y transformación de las instituciones
de formación profesional.
Que las instituciones de formación profesional americanas no sólo fueron
capaces de adaptarse y transformarse en el pasado, sino que también
lo continúan haciendo en el presente, queda de manifiesto en una serie
de aspectos que se analizan a continuación.
Nuevos esquemas de organización institucional
Una de las críticas más recurrentes al modelo de la institución nacional
de formación profesional se dirigen hacia su tamaño y lo "pesado"
de su estructura. Se hace referencia así a que ciertas instituciones
fueron utilizadas como instrumentos para la expansión del empleo público,
a que adoptaron organigramas organizacionales excesivamente complejos,
a la consiguiente carga burocrática y a una lógica centralista de la
gestión y administración; en ciertos casos se advertía el peso excesivo
que adquirió el personal administrativo en el total de la plantilla;
en algunas ocasiones se reclamó por la lentitud para la toma de decisiones
y su implementación; desde ciertos espacios se advertía una excesiva
politización en la designación de los directivos de ciertas entidades,
entre otros señalamientos de una larga lista. Algunas de estas críticas
no sólo fueron válidas sino que aún lo son, y llevaron en más de un
caso a la extinción de la institución en su antiguo formato o a su traspaso
a una gestión directa privada.
Ahora bien, ¿quiere decir lo anterior que las instituciones no tomaron
nota de estas críticas y no reaccionaron ante estas demandas? Muy por
el contrario: existen infinidad de ejemplos que ilustran de manera concluyente
los profundos procesos de transformación encaminados en la mayoría de
las instituciones nacionales de formación profesional; muchas de estas
instituciones constituyen una prueba elocuente de que son capaces de
reformularse ellas mismas y colocarse a la altura de los desafíos que
hoy se les plantean. Los exitosos procesos de transformación institucional
a los que se alude se refieren a la organización y administración de
las instituciones a nivel nacional, estatal/provincial/departamental,
a nivel de las unidades operativas (centros); la planificación de las
acciones (estrategias y programas); a la gestión técnico-pedagógica
(metodologías, tecnologías, materiales didácticos); y la formación y
desarrollo del personal (técnicos, instructores y directivos).
Un primer esfuerzo emprendido en varios países por sus instituciones
nacionales de formación profesional va, justamente, en la adecuación
de su estructura organizacional. De la existencia de múltiples niveles
jerárquicos se pasa a estructuras más "livianas" u "horizontales"
con la supresión de las múltiples jefaturas y secciones intermedias.
Se sustituye progresivamente la lógica burocrática de la organización
por la estructuración del organigrama con base a procesos: atención
al usuario, desarrollo y servicios tecnológicos, administración y finanzas,
servicios formativos, etc. Se complementa lo anterior con la adopción
de modernos enfoques de gestión, como los equipos de mejora continua
del servicio, y la búsqueda de una certificación parcial o total de
la institución con base en los estándares ISO; vale la pena consignar
que son varias las instituciones que han obtenido su certificación ISO.
La segunda línea de transformación se ha dirigido directamente a desmontar
la lógica centralista de la mayoría de estas instituciones, carácter
que, en general, tendían a compartir con las restantes instituciones
y servicios públicos. Se constata así, la implementación de reformas
que van en el sentido de una mayor tanto desconcentración como descentralización
de la gestión y administración institucional. Ganan así en competencias,
atribuciones y recursos las unidades o servicios regionales y locales,
quienes pasan a disponer de una mayor margen de maniobra para atender
más eficaz y eficiente, y sobre todo con mayor grado de pertinencia
a las demandas de sus respectivas áreas de acción. También, y en un
sentido más sectorial que geográfico o político-administrativo, diversas
instituciones reconvierten sus antiguos centros de formación multisectorial
en centros especializados en determinados sectores o cadenas productivas,
favoreciendo tanto una lectura más cercana de las demandas de éstos
últimos, como una mejor actualización tecnológica y la diversificación
de los servicios ofrecidos.
La tercera tendencia o línea de transformación, que será más detalladamente
abordada en los siguientes apartados, refiere a la apertura institucional
al establecimiento de alianzas, acuerdos de cooperación y de complementación
con otras organizaciones y actores.
¿Una nueva misión institucional o la búsqueda
de nuevos caminos para realizarla?
Si hubiese que construir una respuesta a esta pregunta ella mostraría
que han acontecido ambas cosas: las instituciones han redefinido su
misión y también vienen ensayando nuevos caminos para su cumplimiento.
En el pasado las instituciones normalmente concibieron su misión la
de calificar a los trabajadores individualmente considerados-
para su inserción en el mercado de trabajo. Cumplían así una doble función:
la de facilitar a los trabajadores su acceso al empleo y la de satisfacer
la demanda de las empresas por contar con personal calificado o semicalificado.
Hoy en día, aún cuando se mantienen los anteriores objetivos, la misión
que tienden a adoptar las instituciones es la de atender, oportunamente
y eficazmente, a las demandas tanto de la población como del sector
productivo, atendiendo por un lado a los objetivos de integración social,
elevación de las condiciones de empleabilidad y de trabajo de los trabajadores
y aseguramiento de la igualdad de oportunidades en el acceso a la formación
y el trabajo y, por otro, a la elevación de la productividad y la mejora
de la productividad de las empresas, sectores productivos y las economías
nacionales. Ello significa que a la par que el trabajador individual
continúa siendo un sujeto de atención prioritario, surgen otros nuevos,
igualmente importantes: las empresas consideradas en tanto organizaciones
productivas y generadoras de empleo, los sectores y cadenas productivas,
las incubadoras y viveros de empresas, los parques industriales y tecnológicos
son, entre otros, el nuevo público de las instituciones que han venido
reformulando su misión institucional.
Pero como se dijo, las instituciones de formación profesional vienen
ensayando nuevos caminos que les permitan cumplir a cabalidad con su
nueva y más amplia misión. Como en otras áreas, el cambio en las estrategias
de intervención tiene en su raíz un previo cambio conceptual. Sintéticamente
expuesto, éste sería que se abandona la concepción de la política pública
de formación aislada, con su propia lógica y autorreferente, por la
de la formación como un componente trascendente y decisivo de las políticas
tanto productivas y tecnológicas, como sociales.
El ya mencionado enfoque de atención a sectores y cadenas productivas,
la diversificación de servicios (en especial hacia el área tecnológica),
el establecimiento de acuerdos de cooperación y alianzas con universidades
e institutos tecnológicos, e incluso el establecimiento de centros en
parques tecnológicos e industriales, son algunas de las estrategias
mediante las cuales las instituciones procuran concretar su aporte a
las políticas productivas y de desarrollo tecnológico.
La coordinación y cooperación con los Ministerios de Trabajo en el
marco de las nuevas políticas activas de mercado de trabajo, la utilización
de modalidades y estrategias formativas flexibles y desescolarizadas
como los talleres públicos o los cursos móviles, las alianzas con organizaciones
sociales y no gubernamentales y la búsqueda de acercamientos con los
sistemas de educación regular, forman parte del esfuerzo de las instituciones
de formación profesional por integrarse plena y eficazmente en las políticas
sociales nacionales llevadas a cabo por los gobiernos.
Y con ambos fines, la continuidad de la ya tradicional apertura al
diálogo social, reforzada ahora con nuevas instancias en el ámbito local
y sectorial, se constituye en una herramienta que no sólo ayuda al cumplimiento
de la renovada misión de las instituciones, sino que las legitima ante
otros actores como un espacio de encuentro de intereses diversos que
necesariamente deben confluir en el ánimo de resolver las grandes cuestiones
nacionales pendientes.
Apostando por la gestión compartida
Una mención aparte merece la reformulación que de su papel en el escenario
nacional de la formación profesional han realizado varias entidades
de la región. Una de las características del modelo de las instituciones
nacionales de formación profesional es que ellas eran en general no
sólo quienes prácticamente hegemonizaban el mercado de la oferta formativa,
sino que también se ocupaban de todas las fases involucradas en la política
de formación: detección de necesidades y demandas de calificación, diseño,
planificación, gestión y ejecución de las acciones.
Esta concentración de funciones sumada a la pretensión por mantener
su carácter cuasi-monopólico en materia de oferta formativa llevó a
varias instituciones a acumular tanto problemas como críticas sobre
sus accionar. En especial comenzó a ser objeto de cuestionamiento el
hecho de que, a pesar de su gran infraestructura, dotación de personal
y presupuesto, su cobertura no era suficiente, ya que la inmensa mayoría
de la población activa no era cubierta. La crítica se profundizaba si,
además de la dimensión cuantitativa se considera la cualitativa: cómo
atender eficazmente a una demanda crecientemente heterogénea de sectores
productivos diversos, sectores tradicionales y modernos, grupos sociales
con demandas diferentes.
La pregunta básica que varias instituciones de la región se formularon
entonces fue: ¿qué es posible cambiar para, a la vez que mantener el
liderazgo a nivel nacional de la institución en materia de políticas
de formación profesional, se tiendan a resolver los problemas actuales?
Parte de la construcción de la respuesta a lo anterior fue realizar
un análisis de cuáles son exactamente aquellas funciones sustantivas
de una institución de formación profesional. Las instituciones que realizaron
dicho análisis llegaron a la conclusión que había una lista de funciones
que configuraban lo que se podría denominar como el "papel rector"
en materia de políticas de formación. Someramente expuestas, ellas podrían
ser:
- El establecimiento de estándares mínimos de calidad para los cursos
ofrecidos y el montaje de mecanismos de aseguramiento de esa calidad,
por ejemplo, mediante el establecimiento de servicios de acreditación
de centros y acciones formativas.
- El análisis de la demanda de formación en toda su complejidad. Esto
es, tomando en cuenta no sólo la demanda manifiesta de las personas
y empresas por calificación, sino también la demanda potencial y las
necesidades tanto de orden social como económico y productivo-
que no alcanzan a ser formuladas como demandas.
- Las actividades de diseño curricular y de desarrollo de materiales
y equipos didácticos.
- La formación de formadores, técnicos y equipos directivos de centros.
- La búsqueda de nuevas fórmulas de articulación entre los procesos
formativos y la innovación y desarrollo tecnológico.
La ejecución directa de acciones formativas, además de ser un aspecto
importante de la política institucional, es vista en cambio como una
función que no necesariamente debiera ser retenida con pretensión de
exclusividad por la entidad. Aparecen así novedosos esquemas mediante
los cuales las instituciones comienzan a abrirse a la posibilidad de
compartir esta función. A la oferta de cursos por parte de la institución,
que continúan, se le busca agregar otros recursos provenientes del mercado
y de la sociedad. Puede tratarse de acciones compartidas, centros colaboradores
o de proyectos y programas en los cuales la ejecución pasa por otra
entidad o actor (empresas, sindicatos, institutos privados, organizaciones
sociales y no gubernamentales) y a los cuales la institución presta
servicios de asistencia técnica, de suministro de recursos didácticos,
de provisión de formadores, entre otras posibilidades.
Las políticas públicas de formación profesional ven así mejorada su
capacidad de cobertura y de atención a sectores y grupos con demandas
diferentes. La institución de formación legitima su papel en la medida
que se hace fuerte en ciertos aspectos estratégicos que difícilmente
otra entidad o actor pueda asumir con mismo grado de capacidad y experiencia.