1. El contexto de los cambios
Ya puestos con un pie en el siglo XXI es claro para todos aquellos
que se interesan por la formación profesional y trabajan en ella que
este campo está asistiendo a profundos y fascinantes cambios. Como otros,
se trata éste de un fenómeno que tiene lugar en todo el mundo, aunque
de maneras diferentes.
América Latina y el Caribe, una región que durante décadas tuvo un
"sello" particular a la hora de organizar y gestionar la formación
profesional, no es en este sentido una excepción. Porque si en algo
rinde tributo la formación profesional americana a su pasado es, precisamente,
en que perdura aún de forma vigorosa aquella tradición de intentar siempre
un desarrollo propio, original y con una fuerte identidad.
Cuando se intenta analizar, aunque sólo sea someramente como en el
caso de este trabajo, los cambios que tienen lugar en cualquier campo
de actividad (como la organización y gestión de la formación profesional
en la región) resulta ineludible detenerse antes a ponderar aquellas
cosas que cambiaron en el contexto en el cual se ubica y desarrolla
el campo analizado.
Muchos otros trabajos se han encargado antes de estudiar lo que podría
denominarse como el "macro-contexto" de los cambios, es decir,
cómo procesos como las nuevas formas de mundialización de la economía,
de apertura comercial, de ajuste económico, de desarrollo tecnológico,
de apuesta por nuevos modelos de inserción económica internacional de
los países, sumados a los desafíos tanto históricos como más recientes
en materia de distribución de la riqueza, de integración y de cohesión
social, han afectado al campo de la formación profesional.
Este trabajo no llegará a ese extremo, ya de por sí profusamente abordado.
Se ha elegido, en cambio y si se quiere, un contexto más "modesto":
el de la propia formación profesional. Abordando entonces aquellos aspectos
que han sufrido transformaciones, como qué se entiende por formación
profesional, quiénes y cómo se interesan por ella y participan en ella
en mayor o menor medida, qué tipos de relación establece la formación
profesional con otros campos de la política social, se procura echar
algunas luces para entender no sólo qué ha cambiado en materia de su
organización y gestión, sino también acerca del por qué han tenido lugar
estos cambios.
La formación profesional en el centro de
los debates nacionales
Que las sociedades latinoamericanas otorgaron una gran importancia
a las políticas de formación profesional durante al menos toda la segunda
mitad del pasado siglo está fuera de duda. Señal de ello es que la mayoría
de los países tomaron, antes o después, la decisión de crear instituciones
nacionales de formación profesional, de asignarles fórmulas estables
de financiamiento en montos significativos, de dotarlas de esquemas
de gestión que les aseguraran un cumplimiento eficaz de la misión que
les había sido encomendada: proveer de trabajadores calificados y semicalificados
primero a las industrias nacionales en expansión, y años más tarde haciéndolo
extensivo al comercio y los servicios y al sector rural.
Tal vez en parte por esta misma priorización dada a la formación profesional,
en general se tendió a asumir que ella era un tema de competencia casi
exclusiva de las instituciones en ella especializadas. Ello aconteció,
aún cuando en la mayoría de los casos se había tomado las precauciones
de involucrar en su gestión a diversos actores, tales como los Ministerios
de Trabajo, las cámaras empresariales y los sindicatos.
En contraste con esta situación, una de las características fundamentales
de la formación profesional en la actualidad, y desde hace por lo menos
una década, es que ella se sitúa centralmente en los debates nacionales.
Señal de ello es su inclusión como un capítulo destacado en diversos
acuerdos o pactos nacionales, generalmente tripartitos pero en algunos
casos también bipartitos, en materia de productividad, salarios, empleo,
condiciones de trabajo o equidad social. También pueden considerarse
como síntomas de esta misma centralidad la más frecuente presencia y
el mayor grado de concreción que el tema de la formación profesional
adquiere en varios de los convenios colectivos por rama o sector de
actividad alcanzados en distintos países durante la década de 1990.
Existen sin embargo otros planos donde se hace más patente el renovado
interés por la formación profesional por parte de más actores que las
instituciones nacionales. Los Ministerios de Trabajo de todos los países
de la región cuentan actualmente con unidades o servicios especializados
en materia de formación profesional y se ocupan crecientemente por el
diseño de políticas activas de mercado de trabajo que, más allá de sus
diferencias naturales en virtud de la situación peculiar de cada país,
siempre incorporan a la formación y capacitación como aspectos centrales
y estratégicos. Tanto el actor empresarial como el sindical revelan
un interés creciente en participar de la toma de decisiones en materia
de políticas públicas de formación y en el control y gestión de los
fondos a ellas destinados, sea en el ámbito de instituciones de formación
profesional, sea en los espacios surgidos en los Ministerios de Trabajo
en el ámbito nacional, regional o local.
El advenimiento de la sociedad del conocimiento
Que la formación profesional adquiera el grado de centralidad antes
anotado tiene mucho que ver con el advenimiento de la denominada "sociedad
del conocimiento". Esta denominación pretende describir en términos
los más simples posibles lo que constituye una de las tendencias más
claras y vigorosas de nuestro tiempo: la importancia creciente que el
factor conocimiento asume dentro de las nuevas formas de organización
y gestión de la producción y el trabajo, así como en las nuevas reglas
de la competencia a nivel global.
El conocimiento posee hoy una importancia equivalente a la que en otros
momentos de la historia se adjudicó a la tierra, a los bienes de capital
e, incluso, a la propia tecnología. En la carrera por incrementar el
valor agregado de productos y servicios y por lograr diferenciarse y
competir eficazmente en el nuevo contexto global, sólo el conocimiento,
expresado a través de las capacidades aplicadas por los trabajadores
en sus respectivos contextos organizativos, productivos y laborales,
aparece como un factor efectivo e incrementable de forma permanente
para contribuir a los objetivos de productividad, calidad y competitividad.
En forma análoga, si en el pasado la propiedad de la tierra o de los
medios de producción eran los factores preponderantes que estructuraban
las sociedades en términos tanto económicos como sociales y políticos,
hoy el acceso o no acceso al conocimiento se convierte en la frontera
que separa a los miembros plenos de la sociedad de los no plenos o excluidos.
De lo anterior se deriva que, tanto para apuntar a los objetivos económicos
de productividad y competitividad, como para hacer frente a los procesos
de desintegración y exclusión social, el acceso al conocimiento se transforma
en una cuestión crucial. La educación en general y la formación profesional
en particular, cobran especial relevancia como instrumentos privilegiados
para el acceso al conocimiento. Y su potencial aporte a objetivos tanto
económicos, como sociales y políticos la hace atractiva para los distintos
intereses existentes en la sociedad
Ello explica en buena medida el por qué de que un tema como la formación
profesional, antes circunscrito a instituciones especializadas, hoy
concite la participación de más actores como Ministerios de Trabajo,
Ministerios de Educación, organizaciones de empleadores y organizaciones
de trabajadores, entre otros.
Formación y políticas laborales: la formación
profesional como espacio y tema de negociación
Resulta casi una conclusión natural el que la formación profesional,
en tanto posee una capacidad potencial de aporte a objetivos de carácter
diverso y de concitar la confluencia de intereses distintos, se haya
convertido simultáneamente en objeto y espacio de negociación.
En América Latina y el Caribe ocurre un sostenido incremento y diversificación
de experiencias y ámbitos donde la formación profesional es objeto de
negociación. Ello ocurre entre Estados en el marco de los procesos de
integración regional y ocurre también dentro del propio Estado entre
aquellas visiones más cercanas al mundo de la educación y otras que
colocan un énfasis mayor en la realidad productiva y laboral. Es objeto
de negociación entre gobiernos, empresarios y trabajadores en algunos
casos, y otros exclusivamente entre los dos últimos actores. Se negocia
la formación profesional en instancias nacionales, pero también en ámbitos
sectoriales, regionales y locales.
A su vez, y en contextos donde el diálogo social y la negociación se
vuelven difíciles en temas tales como el empleo, el salario, las leyes
laborales y la seguridad social, el campo de la formación profesional
se revela como un espacio donde los acuerdos son comparativamente más
fáciles, aun cuando se parta de intereses y puntos de vista disímiles.
Pero el que la formación profesional se haya ganado un sitial destacado
dentro de las políticas laborales y que sea crecientemente visualizada
como un campo estratégico y de negociación tiene que ver no sólo con
su intrínseca relevancia como factor de acceso y difusión de conocimiento.
A este respecto importa realizar al menos dos consideraciones:
- Primero, el hecho de que la formación profesional posea la capacidad
de aportar significativamente al logro de objetivos diversos, que
representan en buena medida intereses también diversos. La formación
profesional es simultáneamente un instrumento de política productiva
y de política social. Ella contribuye tanto al incremento de la productividad
y la mejora de calidad y competitividad, como a la integración y cohesión
social, a la igualdad de oportunidades. La formación no sólo prepara
para el trabajo, sino también para la vida en comunidad, para el pleno
ejercicio de la ciudadanía. La concurrencia entonces de actores con
distintos intereses refleja el intento de cada cual por hacer prevalecer
esos mismos intereses y priorizar aquellos principios y objetivos
que le son más caros. El establecimiento de mecanismos y espacios
de diálogo social y negociación sobre formación profesional, aparece
entonces como la vía más adecuada para representar esos diversos intereses
y asegurar que a través de la participación, se produzca un balance
que explote todo el potencial de esta herramienta.
- Segundo, la formación profesional no sólo es un tema laboral en
sí mismo, sino que guarda estrecha relación con todos aquellos temas
relevantes que son objeto de negociación dentro de los sistemas laborales.
Ella se vincula con el empleo, porque es unja de las vías principales
para asegurar el acceso a las competencias que hoy son requeridas
en el mercado de trabajo. Ella se relaciona con el salario, porque
a través de sus aportes a la productividad y competitividad (también
estos temas laborales) ella contribuye al incremento de los beneficios
y habilita a negociar sobre su distribución. Tan obvios como trascendentes
son los vínculos entre formación profesional y condiciones y medio
ambiente de trabajo, o con la seguridad y salud laboral. Esto quiere
decir que la negociación sobre formación profesional no se agota en
sí misma. Ella conduce necesariamente a la negociación sobre otros
temas y permite, en la mejor de las hipótesis, la emergencia de nuevas
visiones y estrategias que faciliten la confluencia de intereses y
de esfuerzos.
Formación y políticas de desarrollo científico
y tecnológico
La estrecha relación que la formación profesional mantiene con el mundo
de la producción y el trabajo le plantea a este campo de actividad un
desafío permanente en términos de acompasar su desarrollo tanto conceptual
como operativo a los cambios que tienen lugar en materia científica
y tecnológica en aquel contexto.
La historia de este acompasamiento, que se podría denominar como de
actualización tecnológica, en las instituciones de formación profesional
americanas ha conocido momentos diferentes. Sin embargo, y si de realizar
un balance se trata, habría que decir que ellas consiguieron realizar
una actualización tecnológica adecuada, sobre todo si se le compara
con otras esferas de la educación, como la regular y específicamente
la educación media técnica. Lo dicho no quiere decir que no existan
situaciones de rezago tecnológico, que las hay, pero sí que estas instituciones
han sido el único espacio en el cual ha habido esfuerzos sistemáticos
y acumulativos en materia de articulación de la formación profesional
con los procesos de innovación, desarrollo y transferencia tecnológica.
La relación entre formación profesional y tecnología posee, sin embargo
diversas dimensiones. La primera, dada por el hecho de que la propia
actividad formativa constituye un proceso de transferencia tecnológica
a los aprendices y trabajadores y, a través de ellos, a las empresas.
Ello marca de por sí un desafío para cualquier institución, programa,
política o sistema de formación: el que los contenidos y los métodos
de la formación se hallen actualizados tecnológicamente para asegurar
su adecuación y pertinencia a los contextos productivos y laborales
concretos de cada país, sector o empresa.
La segunda dimensión de importancia, es que la formación es parte de
la base sobre la cual se asientan las políticas de desarrollo científico
y tecnológico. En efecto, así como resulta difícil el concebir políticas
activas de mercado de trabajo sin el componente formativo, una política
de desarrollo tecnológico no llega a estar completa sin adecuada preparación
tanto de las personas que intervienen directamente en la generación
de innovaciones, como de aquellos que tendrán a su cargo su implementación
operativa y su adaptación a las situaciones concretas de trabajo.
Pero existe una tercer dimensión en que la relación entre formación
y tecnología cobra relevancia, cual es que una formación integral sólo
es posible cuando ella está inserta plenamente dentro de los procesos
de innovación, desarrollo y transferencia tecnológica. Así lo han entendido
diversas instituciones de formación profesional de la región que, a
la par que continúan expandiendo su oferta formativa, procuran complementarla
con servicios tecnológicos a los sectores productivos y las empresas.
Ello encierra una serie de ventajas:
- Se favorece la ya citada actualización tecnológica de las instituciones
y centro de formación.
- Se ofrece a los sectores productivos y empresas un abanico de servicios
que buscan atender a la globalidad de las necesidades de la empresa
y no sólo a los que refieren a las demandas de calificación, brindando
una mayor dosis de pertinencia a los propios servicios formativos.
- Se facilita la adquisición de aquellas competencias que hoy son
más requeridas por los nuevos enfoques de gestión de la producción
y el trabajo, siendo el trabajador no ya un mero ejecutor de tareas
prescritas, sino un individuo capaz de entender y relacionarse con
el cambio tecnológico, con capacidad de adaptar y manejar las innovaciones
introducidas e involucrase en procesos de mejora continua.
Formación y políticas educativas: la educación
a lo largo de la vida
Hoy en día, tanto el sistema de educación regular como los diversos
sistemas de formación se encuentran enfrentados a un nuevo contexto
que plantea desafíos de gran envergadura. Dentro de éstos, probablemente
el mayor sea el de adecuar y actualizar los contenidos curriculares
y las certificaciones ofrecidas a los nuevos perfiles laborales surgidos
como consecuencia de las transformaciones acontecidas en el mundo productivo
y la nueva realidad del empleo.
Sin duda se trata ésta de una situación que viene a afectar más a los
sistemas regulares de educación que a la formación, históricamente más
vinculada al devenir productivo y laboral. Esa es una de las causas
del progresivo acercamiento que se constata entre ambos sistemas, así
como también del surgimiento de algunas de las más innovadoras iniciativas
que tienen lugar en la región tendientes a normalizar la oferta de formación
y educación con base en los actuales perfiles de competencia laboral.
En todo caso, existe hoy un extenso consenso, tanto en el ámbito político
como de la sociedad, en el sentido de que es preciso reestructurar la
oferta de educación y formación en términos suficientemente flexibles
como para responder a la diversidad y mutabilidad de las demandas de
calificación. Nadie puede esperar hoy que el acervo inicial de conocimientos
constituidos en la juventud le baste para toda la vida, pues la rápida
evolución del mundo exige una actualización permanente del saber, en
un momento en que la educación básica de los jóvenes tiende a prolongarse.
La educación y la formación, efectivamente, están en mutación; en todos
los ámbitos se observa una multiplicación de las posibilidades de aprendizaje
que ofrece la sociedad fuera del ámbito escolar, y la noción de especialización
en el sentido tradicional viene siendo reemplazada en muchos sectores
modernos de actividad por la de competencia evolutiva y adaptabilidad.
Se trata éste de un cambio básicamente cualitativo. Si antes alcanzaba
con transmitir determinados conocimientos técnicos y ciertas habilidades
manuales para que los individuos se incorporaran a un empleo que los
estaba esperando, ahora es preciso entregar toda una gama de competencias
que anteriormente no eran suficientemente enfatizadas: iniciativa, creatividad,
capacidad de emprendimiento, pautas de relacionamiento y cooperación.
Estas han de ir acompañadas, además, por las nuevas competencias técnicas
requeridas que son relativamente menos específicas que en el pasado:
idiomas, informática, razonamiento lógico, capacidad de análisis e interpretación
de códigos diversos, etc.
Resulta entonces prioritario proporcionar medios para que las personas
puedan autogestionar sus procesos de desarrollo laboral y profesional:
encontrar un primer empleo, buscar uno nuevo, iniciar un emprendimiento
empresarial, recalificarse a través de cursos, y formarse permanentemente:
ocupado o desocupado, en su casa o en su lugar de trabajo.